sábado, 22 de agosto de 2009

La mala clase

Por Luisa Ballentine

La mala clase comienza con Nirvana de fondo. El espíritu adolescente reside en los protagonistas de esta obra que expone sobre el escenario las miserias de la educación chilena. Estudiantes sin futuro, profesores sobrepasados por la rebeldía juvenil, la necesidad imperiosa de todos por terminar un cuarto medio que no tiene epílogo.

Esta propuesta, realizada en el marco del programa Teatro Joven del Teatro Nacional Chileno, está enfocada a los colegios. Está ideada para que se encuentren cara a cara el educando y el educador y se digan algunas verdades dolorosas, pero necesarias. A pesar de estar hecha tan perfectamente para este público, La mala clase merece una temporada regular y llegar a una audiencia masiva que pueda enfrentarse a la realidad de lo que ocurre en el país dentro de las salas de cada colegio municipal… y quizás subvencionado.

Los aciertos del montaje son muchos. Está bien musicalizado gracias a intervenciones precisas de emblemas de la rebeldía que son interpretados por voces no tradicionales que brindan un aire diferente. El elenco es poderoso. Los cuatro jóvenes, que si bien pueden ser encasillados en estereotipos claros, brindan actuaciones amplias, convincentes y muy reales. No son los típicos viejotes tratando de interpretar adolescentes sin conseguirlo; hay verdad en sus discursos y caracterizaciones. María Paz Grandjean, como la profesora modelo, es también un valioso aporte que encarna la figura tradicional del maestro que sobresale y que intenta ser duro con sus alumnos, al mismo tiempo que darles las oportunidades que sabe son escasas y casi imposibles de conseguir en el mundo de la adultez.

Si bien todos ríen a lo largo de la obra, lo cierto es que La mala clase es un drama, es la exposición de la herida más grande que tiene nuestro Chile del cielo azulado: una juventud sin perspectivas, sin posibilidades, que aprende poco y nada en las aulas, pero que sabe de aborto, suicidio y maltrato.

Luis Barrales, en la dramaturgia, construye un discurso que llega como misil a ambos lados de la moneda: profesores y estudiantes, al mismo tiempo que las esquirlas de la explosión saltan a todos los actores del sistema que parecen hacerse los sordos. Aliocha de la Sotta, por su parte, se las ingenia para que La mala clase transite entre lo gracioso y lo reflexivo sin alterar el sentido global y convirtiéndola en un gran espectáculo teatral.

Una obra necesaria de existir y de ver. Un espejo siniestro en el que no queremos vernos, pero que refleja exactamente lo que somos.

¿Cuándo y dónde? Ver ficha en Solo Teatro.

2 comentarios:

strellitah! dijo...

muy buena su conclusión y su trabajo..
yo vi la obra.. y me gustó bastante el dramaturgo que se ocasiona.. asi que yo se de lo que estas hablando
en realidad es algo q nos ocurre, pero que no queremos que realmente suceda.. pero no nos damos cuenta de que ya sucede!

MariPaz dijo...

Estimada "Crítica" primero la obra
es una adapatación de Luís Barrales basado en un cuento europeo.
Segundo comentas mucho el tema de la educación como tópico central de la obra, efectivamente es así pero detrás de eso el mensaje es a todos los niveles: es a la sociedad, al Chile de hoy, a la "memoria olvidada" al intento de construír algún tipo de identidad temporal, histórica a eso apunta mucho más este montaje maravillosos que es La Mala Clase. De ahí su título, donde podemos pensar que se habla de una "mala clase" a nivel educacional de los docentes, o una mala clase referida a un segmento social, no solamente estudiantes de cierto sector asocioeconómico.
Saludos
María Paz