viernes 20 de noviembre de 2009

Parir

Por Luisa Ballentine

Daniela Fernández interpretando a la madre, es la mayor atracción de Parir, una obra sustentada en el texto y esta suerte de monólogo que a ratos interrumpen los tres hijos para tratar de hacer entrar en razón a una mujer que dispara misiles con su boca.

Parece que la madre ha perdido la cabeza, se comunica con sus hijos de manera muy ruda y les da lecciones acerca de lo difícil que es la vida y de cómo deberían perderse en el alcohol y el sexo. Se burla de ellos, los huevonea e insta a asumir su condición de pobres.

Sin embargo, ¿no será éste un retrato de algo que las madres tienen guardado y, eventualmente, quisieran decir a todos sus hijos un día? Es una posibilidad interesante y ahí radica la fortaleza de este montaje. Es cierto, rompe con todos los cánones tradicionales de la relación madre e hijos y se inserta como una comedia hilarante, pero… podría ser un buen ejemplo de aquello que nos hace reír para no llorar.

La escenografía es sencilla: una mesa y luces que simulan velas en un corte de luz. Es todo. Los cuatro personajes sentados componen el resto del cuadro que transcurre entre las aspiraciones de ser actor del hijo y la infelicidad de la hija mayor que trabaja en un call center, dejando en un segundo plano a la pequeña estudiante en uniforme escolar.

Es una gran apuesta. Casi sin escenografía, un monólogo provocador e inteligente abre las puertas de esa caverna oscura que una madre alcohólica puede significar en la vida de sus hijos y muestra cómo pierde la cordura en un momento particular que quizás es uno de muchos en su historia.

Un buen concepto, una buena ejecución y, sobre todo, una actuación memorable en el rol protagónico, hacen de Parir una experiencia catártica que vale la pena ver.

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Galilei

Por Luisa Ballentine

No fue ni será el último personaje de la historia de la humanidad en retractarse, sin embargo, Galilei es un ícono no sólo por la proposición de ideas revolucionarias en su tiempo, sino también porque el desdecirse simboliza continuar luchando por aquellos preceptos y no abandonarlos a su suerte.

Es decir, el genio vale más vivo que muerto, y sus genialidades llegarán a nosotros sólo si sobrevive a su destino en vez de sucumbir a él. Y eso hizo Galileo Galilei, sobrevivió y, con él, su pensamiento.

Aliocha de la Sotta dirige esta singular propuesta que aborda la vida de Galileo. La actuación de Hugo Medina en el rol protagónico, aporta esa tribulación que, pensamos, invadió la vida de este personaje, que existió entre sus pensamientos, estudios y la necesidad de comunicar aquellas ideas a un mundo que no estaba preparado para conocerlas.

La escenografía es bastante curiosa. A ojos del observador puede representar una suerte de estrado, un cubil de enjuiciamiento, un reducto donde el acusado se desenvuelve ante la mirada de los otros que lo rodean y circulan cerca de él, pero lejos de sus planteamientos.

En ese sentido, se observa con mucha claridad la existencia de un espacio protegido donde Galilei se sintió libre para contemplar el cielo y formar a su discípulo; al mismo tiempo que fuera de él rondaban buitres ávidos por destripar su pensamiento.

Galilei es un montaje histórico y reflexivo que sitúa a este personaje en un círculo sin tiempo y pone de manifiesto sus contradicciones vitales. Una iluminación tenue, una proyección de la luna y una música que es más bien un ruido sordo en momentos de locura, dan sustento a una propuesta intimista que nos recuerda que ninguna verdad es sacra, que todo aquello en lo creemos hoy, podría ser desmentido mañana, incluso aunque prefiramos enviar a la muerte a quien se atreva a enarbolarlo.

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martes 10 de noviembre de 2009

Canción para caminar sobre las aguas

Por Luisa Ballentine

Seguramente Hernán Rivera Letelier ha de estar orgulloso del trabajo que la compañía La Concepción realizó con su pieza Canción para caminar sobre las aguas. Es un montaje que posee la energía de la juventud, sus excesos, su compromiso a ultranza con aquello en que se cree… su inmortalidad.

Aunque refleja un momento político, la pieza habla de algo más grande y más profundo: la amistad y el viaje. Aquéllos que se encuentran en el camino y se van juntando para construir algo más grande que ellos mismos y que, de igual manera, son otros totalmente alejados de lo que eran cuando la historia comenzó.

Es el tránsito del ser humano. Siempre mutando y siempre buscando esas almas que se le parecen y que tienen las ganas de andar los mismos caminos.

Los tres personajes son bastante particulares y tienen su personalidad marcada y definida. Desde la mujer sexy que encarna a la tentación, pasando por el poeta con cara de Jesús y el hombre que se deja envolver por los encantos de Jerónima Monroe.

Canción para caminar sobre las aguas es una metáfora sobre actos heroicos, como lo sería el poner los pies en un río sin hundirse. El milagro de recorrer un país, de creer en la amistad y en esos lazos invisibles que se perpetúan mientras todos vivan la misma filosofía. Es también caer en el charco ante la realidad de un país que sucumbe bajo las armas y la ambición de poder. La pérdida de la confianza, el aturdimiento por no entender los caminos de los otros.

Es un trabajo lleno de poesía, de humor, de cercanía con la audiencia. Una bella adaptación que encarna una novela sobre las tablas y toma lo mejor de las letras para hacerlas espectáculo en un escenario.

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Ñi pu Tremen

Por Luisa Ballentine

Esto es algo diferente a todo lo que haya mostrado el teatro emergente en el último tiempo. Se trata de una investigación y apuesta de Paula González que, bajo el nombre de Ñi pu Tremen, nos adentra en un pedazo de la realidad de siete mujeres mapuches que comparten algunas de sus historias con el público.

Acompañadas de tres jóvenes que danzan y encarnan la figura ancestral a través de sus trajes tradicionales, las madres y abuelas sobre el escenario hablan de amor, trabajo y de los recuerdos de su infancia en el campo.

Es imposible sacarse de la cabeza el testimonio de una de ellas cuando narra su niñez como cuidadora de los chanchos de su casa familiar junto a su hermana. Su simpatía es cautivadora, su voz envolvente, casi parece que uno corriera a su lado montando a la chancha a las orillas del río. Una actriz innata podríamos decir.

No sabemos con certeza cuánto hay de texto aprendido, pero sí que esto es tan real como es posible al trasladar a estas mujeres a un escenario. Incluso si hay líneas memorizadas, cada función tiene sus almas y su particular modo de narrar desde el corazón lo que ha significado nacer en esta tierra.

Ñi pu Tremen es un trabajo de gran belleza, no sólo por sus protagonistas sino también por el uso de recursos. La iluminación tiñe de colores algunos momentos, mientras la música extrae los sonidos propios de la cultura mapuche, aquellos que provienen de cavidades profundas y que evocan a la naturaleza entera con sus cauces fluyendo.

Un trabajo que podemos ver en muy pocas ocasiones, que acerca una experiencia de vida y que no construye una apología sobre nuestros ancestros, sino que los presenta como seres cercanos, madres, abuelas, hijas, al lado de nosotros, con nosotros, por nosotros, mujeres fuertes con pasados que quitan el aliento y al mismo tiempo las sitúan en un plano más accesible. Ello permite conmoverse con actos tan cotidianos como tomar la once, compartir un mate o contar nuevamente aquel relato sobre cómo conocieron a sus maridos, que es un eje articulador sobre el que se construye su tránsito por esta tierra.

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Plan be

Por Luisa Ballentine

Plan be es un deleite en la cartelera que se exhibe por estos días. Tiene un texto inteligente, rápido y ágil que aborda el consumismo de una manera pragmática. Habla sobre él, pero sin nombrarlo necesariamente. Por el contrario, muestra la historia de un hombre aferrado a las cosas en distintas etapas de su vida. Muestra cómo la dependencia por los artefactos puede llevar a alguien no sólo a un desastre económico, sino también a un destino de soledad y poca compenetración con otros seres humanos.

Las actuaciones son memorables. Paula González y César Sepúlveda encarnan a sus personajes de manera sólida. Empatizan con la audiencia y consiguen transitar a través de la risa escenificando una tragedia. La pareja sobre el escenario tiene una gran química, trabajan muy afiatados y ponen de manifiesto, haciendo creíble y verdadera, aquella relación que los une, ya sea como matrimonio, vecinos o policías y ladrones; especialmente González, quien interpreta a tres caracteres distintos.

La escenografía de Plan be es muy significativa: cajas y cosas que se comen al personaje. Él está sobrepasado por sus pertenencias, ya sea tratando de recuperarlas o de cubrirlas de la lluvia tras un embargo.

Si bien hay muchas referencias a aspectos cotidianos y contingentes en los que se manifiesta el consumismo, se trata de un montaje universal cuyo valor podría perdurar en el tiempo y continuar siendo representado sin mayor problema de identificación con la audiencia. A ello contribuye el que no haya un juicio moral a la conducta del consumismo. El hombre pone su vida al servicio de sus cosas, pero no necesariamente es conciente de ello. No necesariamente es capaz de ver de qué modo su existencia depende de lo que la tarjeta de crédito le brinda, por lo tanto no necesariamente es un ser infeliz. En ese sentido es bueno que no exista una moraleja, pues Plan be no es una obra moralizante, es una pieza que a través de una estética moderna construye una actitud de vida hacia la acumulación de objetos y artefactos.

Una obra redonda, con todos sus cabos atados y que, a pesar de extenderse durante una hora y media, nunca deja de sentirse ágil y precisa frente al observador.

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Divina decadencia

Por Luisa Ballentine

Divina decadencia es un espectáculo particular. Tiene aspectos del stand up comedy, la revista y el teatro; mezclando todo para poner sobre el escenario la historia de una mujer del espectáculo que ha sido dejada de lado por los medios.

Es el ocaso de una alcohólica ex estrella de algún programa como Mekano, de alguien que ve pasar su vida y que sólo al final es capaz de tomar conciencia del sinsentido que significa esperar un llamado telefónico en cada momento del día.

El único personaje sobre el escenario es Silvana. Envuelta en un traje plateado y arriba de unos altos tacones rojos, intenta dar algunos de los pasos de baile que la hicieron conocida en el pasado, pero la decadencia es demasiada a esas alturas. No puede sostenerse en pie ni conectar con la audiencia que la observa.

Como si esto fuera un show de verdad, el público es un participante activo. Silvana les habla, transita entre sus asientos, comparte su botella y coquetea con los hombres. Trata de recuperar sus tiempos de gloria sin mucho éxito.

Divina decadencia tiene buenas ideas al llevar a escena la vida de una mujer de la farándula, y si bien tiene algunos elementos que dan vida al trasfondo del personaje y su vacío, se siente una falta de compenetración entre el texto y el sentimiento que se desea representar. El personaje, encarnando el estereotipo de la rubia tonta, no parece tener la profundidad que la lleva a su desenlace. En otras palabras, el trabajo que se ve en escena toma la realidad televisiva de estas aspirantes a estrellas pero soslaya la personalidad que hay detrás de las cámaras y su humanidad fuera de ellas. Es poco probable que sean como las vemos en televisión; y si es así, sería mucho más interesante tomar la historia de alguien con un mayor trasfondo y plasmar esa historia.

De todos modos, la obra logra llevar al público el lado b de lo que actualmente es la televisión: un semillero de estrellitas con silicona que tarde o temprano comienzan a apagarse.

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El avión rojo

Por Luisa Ballentine

Quién no recuerda a Marmaduque Grove, el personaje, el hito, la leyenda del socialismo temprano que durante el agitado período político del Chile de comienzos del siglo XX, dio forma a una revolución que no alcanzó a ser tal.

Tomando esta figura, la compañía La Batería, construye una historia llena de equivocaciones y falsas lealtades que comienza con Marmaduque en el extranjero intentando dar forma al golpe de Estado que instalaría el primer gobierno socialista en nuestro país.

El avión rojo es una comedia. Al principio parece ser algo serio, pero luego comprendemos que la risa es el motor que guía al observador. Como en toda comedia inteligente, nos terminamos riendo de nosotros mismos reflejados en las tablas. Nos reímos del fracaso, de la perseverancia que se pone en algunos proyectos que terminan saliendo de un modo completamente distinto al esperado.

El uso de los recursos técnicos es importante. Hay humo, juegos de luces y una gran escenografía industrial en la que pareciera que las acciones suceden dentro de algún tipo de fábrica. La fábrica de los sueños incoherentes de Marmaduque, tal vez, donde también tienen un lugar personajes como Pedro de Valdivia, Manuel Rodríguez y el mismísimo Carlos Caszely, a quien se representa, por supuesto, errando el penal. Es la metáfora de un país al que se le dobla la garrocha siempre antes del salto mientras suena una música de chascarro de fondo.

El elenco es impecable. Pablo Krögh es el encargado de guiar esta aventura en la piel de Grove, comandando un séquito de actores consagrados que funcionan como un reloj sobre el escenario, orquestando coreografías y batallas a mano armada.

Es un deleite para el público que la cartelera provea este tipo de montajes, llenos de ironía, de gracia, de diversión, y a cargo de una compañía que se toma su trabajo en serio y brinda grandes momentos que acercan, a los más alejados, a las artes escénicas.

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martes 27 de octubre de 2009

Las mudas

Por Luisa Ballentine

La comunicación trasciende la palabra hablada, y ése es el precepto que usa Lucy para hacer su declaración de principios. Es una joven que no habla, pero que se muestra sensible y abierta a lo que sucede a su alrededor. No habla por opción personal, porque su voto de silencio expresa molestia y rabia hacia las circunstancias pasadas que la llevaron a cambiarse de colegio.

A través de esa idea central, Las mudas se articula y se construye como un relato que toma un momento específico en la vida de cuatros mujeres. La protagonista es Lucy, quien vive con su madre, una fanática de las teleseries mexicanas que aspira a emigrar al país del norte, y su abuela moribunda que espera dejar esta tierra en cualquier momento y se prepara para cuando llegue su hora de partir. A ellas se suma la nueva compañera de clases que fija sus ojos en Lucy y busca darle brillo a una vida que hasta ese momento parecía consumirse en la tristeza.

En las actuaciones destaca Penélope Furtunatti, quien encarna el espíritu colegial debatiéndose entre la rudeza de ser contestataria al modelo de bullying imperante, al mismo tiempo que se derrite ante la llegada de una nueva persona que no habla, y a la que trata de acercarse con urgencia y determinación.

Visualmente, Las mudas tiene muchos elementos para destacar, comenzando por una escenografía dominada por la cama gigante que se come todo el escenario. A ello se suma la caracterización de los personajes, cada uno con sus colores definidos, un peinado, una postura, que los hace reconocibles y únicos. Si bien el uso de luces es sencillo, la belleza se apodera de la escena en que suena Across the universe. Al sonido de los acordes, las chicas construyen una película paralela a lo que representa la anegación de Santiago y sorprenden con cada movimiento bien articulado y una sucesión de cuadros que otorgan la mayor cuota de emoción.

Es un trabajo que gira en torno a cuatro mujeres muy distintas, con personalidades fuertes. Es también una historia de amor y de adolescencia, de aquél tiempo en que todo es posible y nos rebelamos contra lo que no nos permite expresar lo que somos. Un texto adecuado, correctas actuaciones y una bella dirección de arte, dan a Las mudas suficientes credenciales para sobresalir en el mundo del teatro emergente.

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El olivo: una mirada particular de Chile

Por Luisa Ballentine

Una comunidad olvidada del sur de Chile es la que da vida a este retrato criollo. Una fuente de soda es la sede en que se reúnen las distintas almas a compartir sus sueños y también sus miserias.

El olivo es una historia en tono sepia que se quedó detenida en un lugar sin tiempo a la espera de la muerte. Sus personajes son reflejo de ello, beben y el calor del vino es la única esperanza en una tierra abandonada.

Visualmente, la escenografía es fiel reflejo de esas fuentes de soda de pueblo, con su piso de flexit, mesas y sillas escolares y un personal que se conoce a cada uno de los comensales y entabla amistad con ellos. En este pequeño cubículo iluminado tenuemente por el wurlitzer, algunos se aman y otros ven extinguirse la vida lentamente.

Lo que más cautiva de esta obra son los personajes. Todos están muy bien interpretados y definidos. Cada vez que alguno aparece en escena, es posible identificar su pasado y la carga con la que viene. En el elenco se produce un encuentro de generaciones, los más jóvenes con los más experimentados, pero todos mantienen un alto nivel de calidad que da a El olivo un sello inconfundible.

Resulta interesante la concepción etílica que se vislumbra, el Chile curagüilla, el alcohol que soluciona todos los problemas y que circula sin restricciones todo el día y a toda hora. Sin duda un reflejo de lo que somos, pero también ¿una crítica? Quizás lo sea. Un reproche a la tendencia de ahogar los problemas y autocompadecerse, especialmente, en las horas más oscuras de la noche.

Es un trabajo que se adentra en un sinnúmero de simbolismos chilenos y que delinea la silueta de la fauna que compone a nuestra sociedad. Incluso estando lejos, estos personajes no son tan distintos de los que encontramos en cualquier ciudad. Al fin y al cabo todos sufren de soledad, monotonía y desapego.

El final es locura, fiesta, despedida. Una algarabía extraña, quizás no comprensible del todo, pero cómplice. Algo comienza o termina, algo ya no está, es un descanso para el nuevo día o un adiós. Sea como sea, los personajes marchan a sus destinos, la fuente de soda queda por primera vez vacía y los vasos de vino yacen transparentes sin manos que los alcen.

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martes 13 de octubre de 2009

Enfermitas sagradas de Chile

Por Luisa Ballentine

El título nos entrega la característica central de las tres mujeres que protagonizan esta obra de Pablo Paredes, dirigida por Juan Pablo Fuentes: están enfermas. Cada una con su distinta patología, intenta sobrellevar una vida extremadamente cotidiana que transcurre en una habitación tan chilena y estándar como lo era cualquiera de la clase media de los ‘80.

Innegables son las buenas actuaciones que interpretan las actrices a cargo de encarnar a las enfermitas. Son conmovedoras y reflejan las interacciones naturales, a veces crueles y en apariencia dejadas de afecto, que los seres humanos muestran entre sí. Son atemporales, no cuentan una historia del hoy ni del ayer, están situadas en el momento en que se desee imaginarlas.

El espacio de representación es pequeño y tiene interesantes elementos que permiten hacer al público cómplice de un relato en el que se ríe para no llorar. La música juega un papel esencial y buena parte de ella es interpretada en vivo al son de una guitarra y de las décimas que cuentan fragmentos de lo que ocurre.

En cuanto a su extensión, la obra se siente más breve de lo que se quisiera. Hace falta un mayor desarrollo de los personajes para poder comprender las motivaciones que los llevan a ejecutar los actos que se observan en el desenlace. Si bien podría entenderse como un factor sorpresa el no dar pistas de lo que vendrá, lo cierto es que se echa de menos una conexión más fuerte entre la personalidad de los caracteres y el resultado de sus acciones.

Enfermitas sagradas de Chile es un montaje impulsado por un colectivo de gente joven que apuesta por un teatro distinto al que se suele ver en este segmento creador. Hay mucha poesía en el texto, hay un relato profundo y sólo falta ir más allá en la vida del personaje, su por qué de existir y de hacer. El pasado implícito que marca sus pasos y que no está del todo presente en los racontos que realizan las protagonistas.

Aun así es una obra destacada dentro del circuito emergente.

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sábado 22 de agosto de 2009

La mala clase

Por Luisa Ballentine

La mala clase comienza con Nirvana de fondo. El espíritu adolescente reside en los protagonistas de esta obra que expone sobre el escenario las miserias de la educación chilena. Estudiantes sin futuro, profesores sobrepasados por la rebeldía juvenil, la necesidad imperiosa de todos por terminar un cuarto medio que no tiene epílogo.

Esta propuesta, realizada en el marco del programa Teatro Joven del Teatro Nacional Chileno, está enfocada a los colegios. Está ideada para que se encuentren cara a cara el educando y el educador y se digan algunas verdades dolorosas, pero necesarias. A pesar de estar hecha tan perfectamente para este público, La mala clase merece una temporada regular y llegar a una audiencia masiva que pueda enfrentarse a la realidad de lo que ocurre en el país dentro de las salas de cada colegio municipal… y quizás subvencionado.

Los aciertos del montaje son muchos. Está bien musicalizado gracias a intervenciones precisas de emblemas de la rebeldía que son interpretados por voces no tradicionales que brindan un aire diferente. El elenco es poderoso. Los cuatro jóvenes, que si bien pueden ser encasillados en estereotipos claros, brindan actuaciones amplias, convincentes y muy reales. No son los típicos viejotes tratando de interpretar adolescentes sin conseguirlo; hay verdad en sus discursos y caracterizaciones. María Paz Grandjean, como la profesora modelo, es también un valioso aporte que encarna la figura tradicional del maestro que sobresale y que intenta ser duro con sus alumnos, al mismo tiempo que darles las oportunidades que sabe son escasas y casi imposibles de conseguir en el mundo de la adultez.

Si bien todos ríen a lo largo de la obra, lo cierto es que La mala clase es un drama, es la exposición de la herida más grande que tiene nuestro Chile del cielo azulado: una juventud sin perspectivas, sin posibilidades, que aprende poco y nada en las aulas, pero que sabe de aborto, suicidio y maltrato.

Luis Barrales, en la dramaturgia, construye un discurso que llega como misil a ambos lados de la moneda: profesores y estudiantes, al mismo tiempo que las esquirlas de la explosión saltan a todos los actores del sistema que parecen hacerse los sordos. Aliocha de la Sotta, por su parte, se las ingenia para que La mala clase transite entre lo gracioso y lo reflexivo sin alterar el sentido global y convirtiéndola en un gran espectáculo teatral.

Una obra necesaria de existir y de ver. Un espejo siniestro en el que no queremos vernos, pero que refleja exactamente lo que somos.

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Primera estación-Sin miedo

Por Luisa Ballentine

Nuevamente, el trabajo remunerado se convierte en el eje central de un montaje que llega a nuestra cartelera. Esta vez se trata de Primera estación-Sin miedo, uno de los ganadores del reciente Festival de Nuevos Directores, que se articula en torno al concepto de la esclavitud moderna que heredamos en forma de “trabajo digno”.

Matías Paul, como dramaturgo y director, reflexiona y se cuestiona el verdadero valor del trabajo bajo la dinámica actual: un jefe y sus empleados sometidos a un horario, a una función, a una deshumanización crítica.

Paralelamente, se habla sobre el amor, el padre ausente, la necesidad de contacto con otro en momentos oscuros, todo como parte de los recuerdos de un hombre que narra los últimos momentos de su vida. ¿Es el trabajo lo que lo aleja de sus lazos sanguíneos y naturales? Quizás, quizás no. Lo cierto es que la alienación de la rutina y de cumplir día a día una labor que enriquecerá a otro del que tal vez nunca se ha visto ni el rostro, provoca que tarde o temprano haya un estallido moral y físico. Hasta dónde el ser humano es capaz de resistir la presión social y económica de su tiempo histórico que lo obliga a proveer. Hasta dónde puede resistir la tentación de una salida fácil. Hasta dónde puede aguantar su deseo de compañía y de apoyo. En qué momento decide que solo no es capaz de mantenerse en pie. En qué momento se mata… cuándo se deja morir…

La puesta en escena es limpia y aprovecha la estructura de fábrica que posee la sala. Los obreros se trasladan entre sus recovecos y van dando luces sobre un desenlace repleto de violencia, al mismo tiempo que anunciado.

El elenco cumple su parte con buenas actuaciones, honestas, reconocibles, brindando a cada personaje su lugar dentro de la historia mayor. Jimmy Fredes conquista al público y arranca carcajadas en su rol de patriarca-cerdo que se niega a reconocer a ese hijo viudo como propio, que le reclama, al mismo tiempo, su ausencia y su desfachatez de buscarlo tras tanto tiempo.

Primera estación-Sin miedo es una nueva confirmación de que los teatristas emergentes están haciendo una labor destacada. Tienen algo que decir y lo expresan con claridad, tienen un punto de vista propio, estético y retórico que se defiende sobre las tablas y que provoca, en el observador, ganas de seguir viendo buenos montajes a cargo de equipos jugados y comprometidos con la sociedad de su tiempo.

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martes 18 de agosto de 2009

Yo no ando matando a nadie

Por Luisa Ballentine

La palabra que mejor describe la propuesta de Yo no ando matando a nadie es sorpresa. Sí, porque la puesta en escena de los Hermanos Ibarra en la dirección, sorprende de principio a fin. Comenzando por una declaración de principios sencilla, en un escenario vacío que sólo tiene al protagonista para defenderlo, la obra empieza a desencadenar una interesante historia sobre la violencia y el desamparo, al mismo tiempo que va creciendo en despliegue escenográfico y visual. Del completo vacío, el espectador pasa a transitar por el otoño de los sin casa y termina cubierto de amarillo en la escena final.

Es un agrado presenciar las apuestas que en las últimas semanas los jóvenes han llevado a escena, pues aunque por lo general son descritas como erráticas, fallidamente experimentales y herméticas, lo que se ha podido apreciar durante este otoño-invierno deja contentos a muchos de los integrantes de la familia del teatro y sus públicos.

Además del tránsito que realiza Yo no ando matando a nadie, desde el vacío hasta la opulencia verbal y física de su culminación, destacan las actuaciones. Cristian Torres y Daniela Ramírez en los roles protagónicos, desnudan el capricho del amor vivido bajo circunstancias hostiles. La separación, las promesas, la melancolía del amante, la posibilidad de hijos no deseados. A pesar de la intensidad de su degradación, aún se ve en ellos esperanza, brillo de ojos que anuncia sueños y algo bueno por venir que nunca llega. Ramírez, cuya interpretación conmueve al espectador desde su rudeza y su intensidad verbal, brilla desde el momento en que su figura aparece en el escenario. Con penetrantes ojos sicóticos es capaz de atravesar el lente observador y exponer su fragilidad de fiera.

Basada en un hecho real que pone de manifiesto la lucidez de una mujer ante la procreación en un mundo de pobreza extrema, Yo no ando matando a nadie es el relato de un asesinato preventivo en contra de la figura masculina tradicional. Pero la estocada no sólo aniquila la existencia humana del amante, sino también de la supuesta dignidad del amor y su rol universal de traer más hijos al mundo. Es una estocada al modelo social, una estocada que reclama atención hacia los que menos tienen y que son mayoría.

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Lonquén... del limbo a la tierra

Por Luisa Ballentine

Lonquén… del limbo a la tierra es una composición coral, una construcción hecha a partir de los distintos lados de un mismo cubo. El Chile militar de fines de siglo, la partida de muchos en manos de la dictadura y los cuadros familiares que rememoran la existencia de los idos.

La puesta en escena posee una escenografía sencilla, sin embargo coreográfica y visualmente, es una cascada que fluye con potencia y que se articula en torno de sí misma con perfecta sincronía.

Los personajes, representados con sutileza y pasión por el elenco, a primera vista parecen no estar relacionados, pero conforme avanza la obra, es posible notar cómo la inmigrante, el matrimonio, el padre, el hijo, la novia y la amante tienen todo que ver entre sí. En algún tiempo debido a alguna circunstancia, todos viven el mismo momento tétrico de la muerte y la desesperanza.

A pesar de tocar un tema recurrente en la dramaturgia nacional, la compañía La oruga llena el escenario con música, risas y danzas, mostrando un lado poco explorado en este género como es la vivencia cotidiana en dictadura, con sus altos y bajos. Con días buenos y malos, con fantasmas, recuerdos y nostalgia.

La muerte se menciona al pasar porque no es el tema central de Lonquén… del limbo a la tierra, aun cuando sus personajes giran en torno a ella. La idea madre es, más bien, el reencuentro futuro, el jolgorio del luto, la carcajada entre lágrimas.

Es un montaje de gran belleza visual muy bien musicalizado y actuado. Un aporte a la cartelera teatral de estos días, una mirada fresca, con gusto a balalaika, fiesta y funeral.

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